Al despuntar el alba el día amenazaba con ofrecernos una jornada pasada por agua, poco en sintonía con la llegada oficial del verano, y efectivamente, salimos de nuestro «cuartel general» de La Arquera envueltos en un ligero y persistente orbayu rumbo a la localidad de Panes, en el concejo de Peñamellera Baja, para visitar la cueva de La Loja.


Al llegar nos recibió Óscar, quien sería nuestro guía, y tras una introducción que incluyó un muestreo de algunas piedras de unos 40.000 años de antigüedad utilizadas por nuestros ancestros, procedimos a entrar en la cueva. Ya en la misma entrada a la cavidad, en el vestíbulo principal y en la pared izquierda, pudimos contemplar, claramente diferenciada, la pintura de un bisonte. Reseñar aquí que la mayor parte de estas realizaciones artísticas datan de un período de entre 35.000 y 15.000 años a.C., y que ha venido a llamarse época magdaleniense. En la parte derecha, también a escasos metros de la entrada de la cueva, observamos un símbolo de color rojo situado en la confluencia entre la pared y el techo, y que se interpreta como un signo usado para marcar el territorio. 50 metros más adelante llegamos al panel estrella de este asentamiento, una especie de lienzo sobre fondo negro con las figuras perfectamente definidas de un caballo (espectacular su estado de conservación), un bóvido, una cierva y varios uros (una tipología de toro ya extinguida). Existe un debate sobre si el tono negruzco en el que están enmarcadas estas pinturas proviene de la exudación de óxido de manganeso o si por el contrario fue una obra intencionada de los propios artistas para dotar al conjunto de un aspecto estilo lienzo. La perdurabilidad en el tiempo de esta clase de fondos en los techos (lo que, por otra parte, da indicios de que pudieron usar algún tipo de andamiaje para llegar a pintar ahí) y el hecho de que esos tonos negros no pasaran de cierto punto inclina la balanza de las suposiciones hacia el lado del hombre versus la acción erosiva.

Con todo, la visita fue muy amena y, para los que temen por nuestra integridad física, no hubo que lamentar ningún percance.
Una vez concluido nuestro encuevamiento y hacia el mediodía, paramos, chófer incluido, a reponer fuerzas con cafetinos y tentempiés varios. Tras el breve ágape, y sin necesidad de subir de nuevo al autobús, nos encaminamos al otro punto a visitar del día: el Museo de los Bolos de Asturias.



En esta ocasión nos encontramos con Isidro, presidente de la Asociación de Amigos de los Bolos, quien nos introdujo en la historia del museo y nos transmitió su pasión por todo lo que rodea el mundo de los bolos. El Museo en sí, nos explicó, fue inaugurado en 2003, y, como datos a tener en cuenta, señalar el año 1495 como fecha del primer documento oficial que dejaba constancia de esta actividad deportiva, aunque, como bien apuntó nuestro guía, hay indicios de la práctica de los bolos hacia 200 años más atrás. Otra píldora interesante fue que la primera bolera municipal vio la luz hacia 1935, y que la actividad bolística jugó un papel importante en la emigración de la época. A lo largo del recorrido pudimos empaparnos de cultura bolística con la multitud de recursos de los que hace gala el Museo: glosario de términos, fotografías, reproducciones reales de tipos de bolos, trofeos…y personajes ilustres como el campeón Benito Fernández, único asturiano ganador del Campeonato de España frente al avasallador dominio cántabro de la época, y además por partida doble.


Ya hacia el final de la visita, y mientras veíamos asomar el sol ganando la batalla a las nubes, pudimos practicar, algunos de nosotros por vez primera, lanzamientos en la bolera anexa al Museo con Isidro como maestro de excepción. Al acabar, y tras las fotos de familia, nos despedimos de nuestro anfitrión y regresamos al autobús para dar por terminada la jornada. Como véis, el verano no nos ha pillado fuera de bolos, así que no os «birléis». ¡¡Vivan los bolos, xente!!

